Chantaje Emocional

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Chantaje Emocional

Chantaje Emocional

El chantaje emocional suele expresarse como: “Si no haces esto, ocurrirá esto otro”, una amenaza que se mantiene en el tiempo y conduce a una situación de dominación. Se trata de una forma de maltrato psicológico que se da con bastante frecuencia y que suele conllevar dificultades a la hora de defendernos, pues, para que el chantajista pueda influir en nuestras emociones, tiene que tener cercanía afectiva con nosotros. Por eso es más usual en los vínculos que son más estrechos, lo que hace, a su vez, que sea tan difícil de atajar y que resulte tan dañino.

Se va estableciendo, entonces, un patrón en el que la persona chantajeada se somete a la voluntad del chantajista. Las consecuencias: la víctima se verá forzada a actuar en contra de su voluntad, lo que la conducirá a un estancamiento de su crecimiento personal, así como al agotamiento emocional y al debilitamiento de la autoestima. Para desarticular una situación de chantaje emocional, el primer paso es reconocerlo.

Cuatro perfiles de chantajistas emocionales:

  • Los castigadores: amenazan con tomar represalias si no se accede a sus demandas, exponiéndolo abiertamente.
  • Los autoagresivos: amenazan con hacerse daño a sí mismos o incluso con el suicidio cuando son contrariados.
  • Los mártires: son más sutiles, se sirven de la culpa de la víctima para que actúe de una determinada manera. Utiliza expresiones acompañadas de una actitud de resignación.
  • Los seductores: utilizan una especie de chantaje invertido, nos cuentan de todas las cosas buenas que harán por nosotros pero sólo si accedemos a sus deseos.

Sea cual sea el perfil del chantajista, siempre existirá una amenaza dirigida a los aspectos más vulnerables de la víctima. Los chantajistas parecen tener cierta facilidad para identificar los puntos débiles del otro para, consciente o inconscientemente, aprovecharse de ello.

No es cierto que la víctima de un chantaje lo sea voluntariamente. Pero lo que sí es cierto es que la responsabilidad de salir de esta situación recae sobre la víctima, cuya principal responsabilidad es que no se defiende. No lo hace, porque al principio, no reconoce que existe una amenaza, pues los ataques del chantajista se centran en los puntos débiles de su víctima, en los rasgos que le producen inseguridad y que ella misma se cuestiona. Por eso, le suele dar la razón al chantajista y piensa: “ Es cierto, no he actuado bien, debería haberle hecho caso…”. Y, así, se va hundiendo cada vez más.

Cuando reconoce el chantaje, la víctima teme afrontar las consecuencias que el chantajista propone como inevitables. Y digo propone, porque allí está la trampa: la víctima cree que no tiene ningún poder, que está a merced del otro, que no es posible una respuesta de su parte. Pero no es así.

Cuando comprendemos que estamos siendo amenazados y que estamos dispuestos a defendernos, estaremos listos para llevar a cabo lo único que se puede hacer frente a un chantaje: no ceder a sus demandas. No hay otra salida.

A veces un chantajista emocional puede escuchar esto y comenzar a modificar su actitud. En estos casos, la restitución del vínculo es posible. Pero otras veces, frente a la negativa a acceder a sus demandas, los chantajistas se sienten en riesgo e intensifican el chantaje.

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