El Adolescente
Aunque quiera alejarse, cada vez más de sus padres para poder crecer y ser mayor, eso no significa que tenga que separarse del mundo de los adultos.
Todo adolescente tiene que romper normas, es parte de su crecimiento, de su separación del mundo de sus padres. El mundo y la sociedad han cambiado, el niño crece con la sensación de que es un adulto más, al cual se le piden sus opiniones desde muy pequeños y además se les escuche. Y no sólo eso, sino que incluso se les tiene en cuenta lo que dicen. Esto está bien en parte pero este niño va creciendo con la sensación de que es mejor que sus padres, que se lo merece todo y que además tiene derecho a no agradecerlo.
Este niño va creciendo y va llegando a la adolescencia, en la que por etapas evolutivas tanto físicas como psíquicas, tiene que empezar a discutir con sus padres acerca de los patrones familiares, los permisos, las costumbres. Pero este joven se encuentra con que no hay mucho que discutir, el clima en casa ha sido generalmente de dejarle hacer lo que desea, muchas veces para evitar las peleas, y de demasiada permisividad con la electrónica, Internet, la televisión. Por otro lado, en algunos casos existe, una ayuda exagerada de los padres en los estudios de los hijos.
Como si los propios hijos no pudieran hacer nada por sí mismos. No estoy hablando de hijos incapaces, sino realmente con muy buen nivel intelectual, con muchas herramientas que utilizar si se esfuerzan un poco en buscarlas y encontrarlas, que les ayudarían a hacer de modo más independiente, sus deberes escolares o tareas domésticas.
Esta generación ha crecido creyendo que lo saben todo y además cuentan con una generación de padres que ha facilitado casi todo a sus hijos, al revés de la generación anterior que fomentaba el esfuerzo para así poder crecer. Por lo tanto, todo aprendizaje que ellos no dominan, simplemente lo rechazan.
Antiguamente los hijos admiraban a los padres hasta la adolescencia, además de profesarles respeto y obediencia, pero ahora estos niños se creen muchas veces superiores desde la niñez, con padre que los admiran por su inteligencia, su vocabulario, sus ocurrencias. De alguna manera el niño se siente poderoso ante sus padres y muchas veces, dada la problemática actual, logra serlo a la fuerza en peleas de poder.
Todo eso llevado a la adolescencia se convierte en una bomba de relojería, donde realmente el adolescente se cree lo que es, pero no sabe lo que es ni hacia dónde quiere ir. Es la etapa en la que tiene que demostrar o empezar a demostrar lo que dice que es y muchas veces la realidad le demuestra que no es así, que no vale tanto como cree o que tiene que hacer un esfuerzo mayor para demostrarlo. Y es aquí donde se quiebra, algunos desde la depresión, el abatimiento, el pasotismo, la indiferencia, el consumo de drogas o el desmadre y en otros desde la negación del problema, de que las capacidades no se inventan sino que se desarrollan, se enriquecen.
Ser adolescente supone habitualmente: la falta de compromiso con el trabajo interior y con los trabajos exteriores, la eterna flojera de los deberes, la resistencia a pensar o sentir fuera de ciertos temas, los olvidos, las impuntualidades, los bostezos, el constante movimiento de las manos, del cuerpo, de los pies, pero desconectados de sus significados, las enfermedades casuales, los bloqueos mentales y emocionales, las rebeliones pasivas y activas, etc.
La adolescencia es una de las etapas en la que más se pelea contra la realidad. El adolescente empieza a crecer y darse cuenta de que el mundo encantado y mágico de la niñez va adquiriendo otros matices de color, e intenta, muchas veces del peor modo, negar la realidad, el hecho de que se está convirtiendo en adulto, con más deberes y responsabilidades, pero al mismo tiempo con más libertad y autonomía.
Y muchas veces anda buscando esa persona adulta que le permita aún creer que el otro no existe como tal, sino como prolongación de sus necesidades y deseos.
No podemos establecer una relación con los adolescentes desde el miedo. Los padres evitan poner normas a sus hijos, límites, castigos, por temor a que el hijo se vaya de casa, a que su conducta se vuelva peor, o a que deje de quererlos.
En el cuerpo del adolescente se van depositando exigencias, deseos, identidad y aceptación social entre los jóvenes. Los éxitos son puestos en el cuerpo, y las lesiones, los ataques y los reconocimientos también. La enorme importancia que el adolescente da a su cuerpo debe ser considerada en su justa medida, sin quitarle importancia pero tampoco centrándolo todo en el ello.
Mucho de lo que está ocurriendo se debe a que los padres aparentemente no saben qué sitio tienen que ocupar. La mayoría ha crecido en familias con una educación rígida y estricta, que no les permitía tomar decisiones ni se interesaba por sus puntos de vista. Su problema es que cada vez que están aplicando una norma, la defienden y si el adolescente responde de modo agresivo o inesperado para ellos, existen dos respuestas:
- Una los padres callan, se sienten culpables, identificados con sus propios padres.
- Otra los padres responden de manera aún más violenta por sentirse incapaces de controlar la situación.
Padres que no son capaces de ocupar su sitio desde las normas y los límites en la familia, van a generar hijos tiranos. El hecho de escapar ellos al rol de tiranos lo único que propicia es que el hijo ocupe este sitio, y si uno de los dos, en caso extremo, tiene que ocupar el rol de autoridad-tiranía, les toca a los padres ocupar este desagradable sitio. Esto ocurre, porque hay una percepción de que padres tolerantes, empáticos, dispuestos a ver por los hijos de un modo diferente, están dando como producto hijos en general abusadores, que aprovechen para desubicarse y seguir, sin saberlo, dependientes de los padres.
La adolescencia de por sí es una edad de descontrol, dentro de unos límites, y tiene que ser así hasta llegar a la edad adulta, donde nuevamente habrá que ordenarse y entrar en el sistema que uno escoja, pero siempre con límites y con un desarrollo de autocontrol que será muy necesario para el futuro.
Por otro lado es necesario que haya peleas, pues si no el joven no se podrá separar como individuo de sus padres, de su familia. Quedaría siempre atrapado en la red familiar, pero no la que sostiene y acompaña, sino la que oprime y no deja crecer.






