EFECTO ZEIGARNIK

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EFECTO ZEIGARNIK

arbol-mandalaEFECTO ZEIGARNIK EN EL DUELO.
Muchos de nuestros pesares vitales, de los impedimentos psicológicos que nos impiden ser felices, provienen de experiencias dolorosas sin cicatrizar o cerradas en falso.
En la mochila que nos acompaña a lo largo del viaje vital suele acumularse el lastre de asuntos no resueltos del todo, de situaciones que en su día dejaron en nosotros huella dolorosa que, pese al transcurso del tiempo, nos sigue atormentando. Todos somos rehenes del pasado y, aunque hayamos aprendido a administrar hábilmente nuestra memoria y nuestros olvidos, siempre hay instantes en que el eco de un suceso malhadado o la sombra de una acción errónea se nos presentan causándonos malestar, pesadumbre o angustia. Son lo que comúnmente denominamos “traumas”, vivencias y recuerdos desagradables de los que se deriva un choque emocional duradero y persistente.
Recordar acontecimientos tristes no tiene porqué ser negativo. Únicamente cuando se viven con especial intensidad o cuando la persona acaba siendo dominada por ellos sin conseguir librarse de su presencia puede hablarse de “traumas” en sentido estricto. El hecho de evocar a un ser querido y llorar su ausencia no constituye un trauma, sino un signo de sensibilidad. Arrepentirse de errores cometidos en el pasado es propio de personas honestas e inteligentes, pero si ese arrepentimiento implica cargar a perpetuidad con sentimientos de culpa, en vez de servir para rectificar o mejorar, sólo es fuente de tortura.
Hay procesos dolorosos que conseguimos superar y otros en los que no acabamos de pasar página. No es sencillo establecer una norma sobre qué cosas es bueno recordar y cuáles conviene olvidar. Lo que sí parece evidente es que muchos de nuestros pesares vitales, muchos de los impedimentos psicológicos que nos impiden ser felices, provienen de heridas sin cicatrizar o de situaciones “cerradas en falso”.
Duelo sin terminar.
Está claro que necesitamos cerrar capítulos de nuestra vida para no estancarnos en la amargura, la frustración, el rencor o el desengaño. Pero esa superación no siempre es posible. Ocurre, por ejemplo, en las personas que han perdido a seres queridos en una catástrofe natural o en un atentado masivo. Por más que consigan hacerse a la idea de la ausencia, no alcanzan a elaborar el duelo hasta que no recuperan los restos del fallecido. Una angustia aún más grande invade a los familiares de personas que un día lejano desaparecieron y de las que nunca más se supo. Aunque hayan perdido toda esperanza haya algo que les mantiene dolorosamente aferrados a la posibilidad del reencuentro y ese sentimiento les sitúa en una zona emocionalmente imprecisa, desconcertante y doblemente dolorosa.
Se llama “Efecto Zeigarnik” al fenómeno de evocación que ocasiona una tarea que se deja sin terminar. Según observó el investigador ruso Bluma Zeigarnik, las personas tendemos a mantener más vivo el recuerdo de las experiencias incompletas que el de aquéllas que hemos logrado concluir. Cuando un objetivo es culminado, nuestra mente se desprende con facilidad de él y vuelca sus energías en otro objetivo nuevo. Zeigarnik ponía el ejemplo de unos camareros que recordaban con todo detalle las peticiones de los clientes hasta el momento en que les atendían, una vez servido el plato, sin embargo, muchos de ellos eran incapaces de acordase de qué había comido cada persona.
Hay que superar etapas.
Para superar los traumas necesitamos tener conciencia de haber alcanzado una meta, concluido una etapa, superado una fase. Muchas veces esa necesidad se concreta en la búsqueda de un porqué, de una razón que explique los acontecimientos del pasado. Cuando no logramos dar con esa razón, el efecto Zeigarnik hace que los recuerdos sigan atormentándonos. Al mismo tiempo que olvidamos cosas que desearíamos mantener vivas en la memoria, hay otras que no conseguimos olvidar debido a que no les encontramos la explicación necesaria para darlas por sepultadas.
El lado positivo del fenómeno es que podemos tenerlo en cuenta para ejercitar la memoria. Algunas teorías del aprendizaje consideran que una de las mejores formas de retener los conocimientos es poniendo en ellos un toque de duda. De la misma manera que el lector de una novela regresa con más interés al libro mientras está pendiente del desenlace, nuestra mente trabaja más y muestra mayor disposición a aprender cuando le faltan piezas para completar el puzzle del conocimiento. De hecho, muchos creadores aconsejan dejar los escritos a medias o los cuadros sin terminar al final del día porque de ese modo a la jornada siguiente la mente vuelve a ellos más inspirada.
Pero en la vida es preferible no arrastrar demasiadas tareas interrumpidas, cuentas pendientes y heridas sin cerrar. Sólo asumiendo, reconociendo e interpretando el pasado podemos librarnos de sus consecuencias negativas. El arte de vivir en armonía con uno mismo exige aprender a cerrar puertas conforma uno pasa por las diferentes estancias, si no se quiere acabar perseguido por los fantasmas.

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